domingo, 1 de enero de 2012

El arma más poderosa del mundo...un 5 % (Primera parte)

No siempre las armas se utilizan para acabar con el ser orgánico, es mucho más sutil su objetivo. Basta con manipular las pasiones de los hombres para asegurar su rendición. Da un pedazo de carne a un perro con una sonrisa y éste ofrecerá su simpatía; hazle de un enemigo y defiéndelo, en respuesta ofrecerá su voluntad. El temor es en sí un arma poderosa, sin embargo no es la más efectiva. Desde la perspectiva simplista maquiávelica de mejor temido que amado es efectiva, a menos que alguien más fuerte y valiente altere el status quo, la verdadera arma sin embargo aunque se alimenta de las pasiones humanas, es en realidad una moneda extra. Curiosamente todo comenzó por la pereza...
Mammón, diosa de la codicia
Rufus vive en un mundo poblado por tribus, cada una de las cuales cuenta con un gobierno simple elegido por democracia directa: a mano alzada por cada uno de sus vecinos. Es un lugar primitvo, ya que se utilia el trueque como relación comercial. Cada persona está especializada por un oficio o vive del pastoreo o la agricultura, lo que sobra lo intercambia el día de mercado con los sobrantes de otros. Lo malo del sistema es que no está muy claro el valor de las cosas ¿una vaca vale dos sacos de trigo o tres? y no es rara la ocasión en que la persona no encuentra a nadie que se interese en su sobrante o tal vez ella misma no encuentra a nadie cuyos sobrantes puedan convenirle. En tal caso es posible que regrese a casa con un producto que tal vez se deteriore o estropee hasta el siguiente día de mercado.
Rufus es orfebre y trabaja metales preciosos. Un día aprovecha una de las jornadas especiales en las que toda la comunidad se reúne con el fin de proponer a sus vecinos una solución que se le ha ocurrido para los problemas comerciales. Su sistema es el dinero. Él podría transformar el oro en pequeñas piezas iguales: un número limitado de piezas con un valor concreto, cuyo uso facilitaría el intercambio de productos y mejoraría la calidad de vida de todos.Surgen algunas dudas, como cuando uno de los vecinos preguntó que pasaría si alguien descubriera una mina de oro y confeccionara monedas por su cuenta, ya que aumentaría su propia riqueza de manera ilegal. Rufus dice que para evitar situaciones de ese tipo, el gobierno diseñará un sello que estampará en cada una de sus monedas y que guaradará bajo siete llaves en su caja fuerte bajo su propia responsabilidad y con ayuda de sus propios guerreros del gobierno. Uno por uno contesta cada una de sus interrogantes y al final convence a todos de llevar a cabo su plan.
   Entonces se presenta otro obstáculo: ¿cuantas monedas debe tener cada miembro de la comunidad? el albañil exige ser el que reciba más monedas porque para eso construye las casas donde viven, pero el agricultor dice que el tiene más derechos porque cultiva las plantas y el grano que les dan de comer. El pastor interviene para perdir más, ya que sus animales producen no sólo comida, si no también la piel y la lana para confeccionar vestidos y telas. El guerrero brama que tiene más derecho porque si él no los defiende, serían atacados y morirán en manos de las tribus vecinas. Con todo moderado, Rufus interrrumpe la discusión y propone que cada cuál pida el número de monedas que desee, ya que ha calculado que existe suficiente oro para ello. El único límite para ello será devolver la cantidad de monedas que pidieron anualmente. A cambio del servicio que ofrece a la comunidad fabricando el dinero y prestándolo, Rufus solo pide un salario del 5% : por cada cien monedas que preste a alguien, ese tendrá que devolver al año siguiente 105. Esas cinco monedas por cada cien serán su modesto pago, su "interés". A todo mundo le parece un salario justo, y recibe luz verde. Sin embargo esas cinco monedas arruinaron todo.
     El siguiente paso que Rufus hizo fue pedir al gobierno que diseñara su sello y acaparara todo el oro de la cimunidad (junto con el resto de los metales preciosos que pudieran usarse para piezas de menor valor) a fin de controlar la cantidad inicial que sería fragmentada en monedas. Luego trabajó día y noche hasta que acuñó todas las monedas solicitadas por los vecinos. Cuando terminó, el gobierno comprobó que había cumplido con lo prometido y comenzó el préstamo de monedas. Al principio todo funcionó de maravilla. La gente compraba y vendía como si fuera un juego, disfrutando la sencillez de un sistema que por primera vez permitió regular el precio de las cosas, entendiendo como tal la cantidad de trabajo que se necesitaba para procucir un artículo concreto: a más trabajo, mayor precio y más monedad había que entregar a cambio. Por ejemplo, el único pastelero de la tribu vendía sus deliciosos pasteles un precio elevado porque nadie más tenía sus conocimientos sobre dulces ni el horno adecuado para prepararlos no su paciencia infinita para decorarlos con tanta gracia. Pero un día otr hombre empezó a hacer pasteles y lo ofrecía por menos monedas para conseguir su propia clientela. El primer pastelero se vió obligado a bajar sus precios para no perder el negocio. Se produjo entonces un fenómeno desconocido hasta entonces: la libre competencia. A partir de entonces ambos pasteleros y los demás que surgieron se vieron en la necesidad de ofrecer mayor calidad al menor costo. Lo mismo ocurrió con el resto de las profeciones: todos bajaron como nunca en beneficio de los demás. Sin impuestos, ni licencias ni aranceles de ningún tipo, la calidad de vida de la comuidad mejoró de forma espectacular y hasta se generó un movimiento ciudadano que planteaba construir una estatua de Rufus en su honor por su maravilloso invento.
     Pasó un año y el orfebre visitó a todos sus vecinos de la comunidad para cobrarles su parte del negocio, sus cinco monedad por cada cien. Unos habían prosperado de forma extraordinariay tenían monedas de sobra respecto a las solicitadas originalmente: pagaron con gusto y después solicitaron una nueva cantidad para utilizarla en el ejercicio siguiente, convencidos de que conseguirían nuevas ganancias. Pero el hecho de que algunos tuvieran más monedas significaba que lógicamente otras tendrían menos, ya que la cantidad de piezas en circulación era limitada. Así que Rufus se encontró con gente que por falta de ingenio, o esfuerzo o de fortuna, había perdido el dinero en esos doce meses. Gente que por primera vez descubría lo que significaba esa horrible palabra asociada al interés: deuda.

una ramera de Babilonia
     La comunidad estaba integrada por gente sencilla y honesta que no rehuía a su responsabilidad, por lo que aquellos que no tenían dinero para abonarle se deshicieron en excusas y se comprometieron a pagárselo al año siguiente. Él aceptó, previa firma de una hipoteca sobre algunos de sus bienes: una casa, un terreno, algo de ganado..."Si no me pagas al año siguiente, tendré que quedarme con ello para compensar" decía, ante la avergonzada y ansiosa mirada del deudor.
     Transcurrió otro año, en que la inocencia original se había perdido porque todos estaban concientes que necesitaban ganar lo suficiente como para poder devolver el 5 por 100 del dinero adelantado y vivir con sus cuentas saneadas, sin comprender que el dinero que se les exigía al final del ejercicio en realidad no existía físicamente ni existiría nunca: alguien tendría que perderlo para generarlo. Pues aunque en un momento todo el mundo reembolsara todas las monedas en curso de Rufus, aún seguirían faltando las cinco monedas extras por cada cien, el interés, que jamás fueron prestadas porque jamás fueron fabricadas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario